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domingo, 15 de abril de 2018

Rincones de Córdoba con encanto, 58 Calle Cabezas


Calle Cabezas / Bajo la protección del torreón
La calle Cabezas es como un viaje a la Córdoba bajomedieval, ambientado por la torre-fortaleza de los Marqueses del Carpio y la calleja de los Arquillos, envuelta en las brumas de la leyenda.
Arranca la calle dibujando una suave curva, tras la que enseguida se abre por la izquierda una placita mínima, y en ella se impone la severa fachada del torreón medieval de la casa de los Marqueses del Carpio, de robustos sillares dispuestos a soga y tizón, que se eleva protector sobre las casas del entorno. De abajo a arriba se abren en la fachada –es un decir, pues siempre están cerrados– una puerta adintelada, un austero balcón soportado por ménsulas, dos ventanas con artística rejería, un balconcillo con antepecho de piedra labrada y, finalmente, bajo el alero del tejado, las primitivas almenas se han transformado en ventanucos protegidos por celosías. Las palomas revolotean alrededor de la torre y se enseñorean del espacio.
A su amparo se suceden las casas señoriales con su pátina de alcurnia decadente; unas deshabitadas y otras vividas –como la número 6, conocida como la de los Condes de Zamora de Riofrío–, aunque siempre pudorosamente cerradas, con las ventanas bajas cubiertas de celosías. Transitan los vecinos con pasos sosegados que resuenan en la soledad de la calle, y un perrillo sin amo vagabundea errante a la espera de calor y alimento.
Pasada la torre, la calle recobra su estrechez, acompañada ahora por una montera vegetal que sobrepasa la tapia y anuncia un cuidado jardín interior. Y enseguida, dos barreras o callejas sin salida, una a cada lado: por la derecha, Doña Muña, topónimo de clara resonancia medieval, y por la izquierda, Horno de Guiral, que guarda al fondo, prendido de una esquina, un erosionado capitel árabe de avispero.
Tras la mella de un solar, cuya tapia permite que una bocanada de claridad inunde la calle, sigue la sucesión de casonas antiguas, evocadoras de una Córdoba detenida, por la que no pasa el tiempo. Otra de ellas es la número 16, cuya adintelada portada con frontón partido en el que se inscribe el balcón principal, denota su noble origen. Tras su remodelación la habitan hoy seis familias, según revela el panel del portero automático; acertado ejemplo para conjugar conservación y habitabilidad. Más allá de su artística cancela, escoltada por un par de columnas de piedra, se despliegan perspectivas de arcos y se intuyen recobrados patios en los que verdean plantas de interior. Esto es vida.
Justo al lado, tras una cerrada verja, se adentra un callejón tan angosto que casi se besan sus tejados; es la calleja de los Arquillos, que ostenta descarnados muros de ladrillo y un escalonado pavimento empedrado. Haciendo honor a su topónimo, la cruzan transversalmente tres o cuatro arquillos que acentúan la perspectiva de profundidad. En este lugar anida una de las muchas leyendas históricas que Córdoba alumbra, y de la que proporciona pista la lápida que figura al exterior:“Dos insignes historiadores cordobeses, Aben Hayan, Ambrosio de Morales, y un cantar de gesta castellano nos dicen que en el año 974 en esta casa estuvo preso el señor de Salas Gonzalo Gustioz y que las cabezas de sus hijos los siete infantes de Lara, muertos en los campos de Soria, fueron expuestas sobre estos arcos. Verdad y leyenda venerable, de fama multisecular en toda España”, reza el texto, que se atribuye a don Ramón Menéndez Pidal. Pese a su autoridad, historiadores de hoy desmienten que colgaran aquí las cabezas de los Laras, trágico episodio que inspiró a nuestro Duque de Rivas su poema dramático El moro expósito.
Casas de franciscana modestia siguen conviviendo con otras señoriales venidas a menos, entre las que ahora destaca la 24, con blasón en el dintel y balcón de perfil curvilíneo. De algunos balcones cuelgan geranios, y en una ventana baja se anuncia un sastre “cívico y militar”. Otro ensanche que aprovechan los autos para estacionar, cómo no. Hasta que, de pronto, cruza transversalmente Rey Heredia, que pone fin al sueño medieval de la calle Cabezas.

Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA
Córdoba, 2003
   































domingo, 1 de abril de 2018

Rincones de Córdoba con encanto, 56 Casa de los marqueses del Carpio


Casa de los Marqueses del Carpio / Una fortaleza palaciega
Los turistas que bajan por la calle de la Feria en busca del Potro se sorprenden cuando les sale al paso repentinamente, retranqueada sobre la línea de las fachadas, la casa de los Herruzo, así conocida hoy por el apellido de sus propietarios, los hermanos Herruzo Sotomayor, cuyo aspecto actual es fruto de las reformas realizadas sucesivamente, a partir de 1924 –año en que adquirió la casa el matrimonio Antonio Herruzo Martos y Pilar Sotomayor Valenzuela–, por los arquitectos Casto Fernández Shaw, Félix Hernández y Rafael Manzano sobre la antigua casa de los Marqueses del Carpio.
Lo más auténtico del conjunto es el imponente torreón medieval, de estirpe gótica, que se asoma a la calle Cabezas; en comparación con su antigüedad, la fachada a la calle de la Feria es una escenografía de reciente configuración, pero está organizada con tan buen gusto arquitectónico que cautiva a quienes conservan espíritu de viajeros románticos.
La robusta verja que protege la entrada, anillada a dos gruesas columnas de granito, permite contemplar, e incluso intuir, sin necesidad de entrar, la magnificencia de la mansión, que conjuga su aire defensivo con la distinción de una casa señorial. La mejor visión de conjunto que regala la casa es la que se contempla desde la calle de Romero Barros, la antigua Sillería, que se abre enfrente.
Un preámbulo vegetal –el naranjo y plantas trepadoras como el jazmín– da paso a la muralla, reconstruida sobre el lugar por el que discurría la antigua. Una esbelta torre cuadrada defiende la entrada de la casa, que se realiza a través de un arco almenado, vagamente inspirado en la puerta de Almodóvar. La perfección de los sillares de piedra arenisca y el puntiagudo remate de las afiladas almenas que coronan la puerta y la torre revelan su reciente construcción, pero la complicidad de las plantas trepadoras que escalan, enmascarándolos, algunos paramentos, disimula la juventud del conjunto. El rincón que forman la saliente torre y la muralla, acuna un fuste estriado y un capitel corintio romanos, lujo arqueológico que presagia la villa excavada en el sótano de la casa. ¿Será el capitel romano con inscripción cúfica de época árabe del que hablan los libros antiguos, procedente del alcázar califal?
El acceso, tapizado con losas de granito y menudo enchinado en el pasillo central, asciende en suave rampa, y, tras rebasar la entrada, gira a la izquierda, buscando el encuentro del antiguo patio de armas, dominado por la soberbia fachada oriental del torreón medieval. En esta fachada el arquitecto restaurador abrió huecos para dar luz a los salones, que en época de calor se protegen con esteras de pleita; en la primera planta se aprecian dos balcones neogóticos de arcos apuntados, y en la segunda, dos pares de ventanas ajimezadas.
Desde la verja lateral también se alcanza a ver el pabellón neomudéjar de dos plantas construido en ladrillo, que se alza al pie del torreón; su planta baja respira a través de arcos peraltados sostenidos por pilares octogonales, mientras que la alta ostenta arcos rebajados con antepechos y cierres de cristal; una disposición que recuerda el patio principal del antiguo hospital de San Sebastián.
Amenizan la rampa naranjos, setos, arbustos trepadores, la airosa palmera y el puntiagudo ciprés, que rebasa en altura las almenas de la torre. Más allá de lo que se ve a través de la verja, hay que imaginarse el conjunto de espacios abiertos, como los patios de los Cuernos, del Pozo, de la Piscina y de la Morera, y, ya en el interior, la suntuosa escalera y la sucesión de nobles estancias, como la biblioteca, el comedor principal, la galería del Sol y el romántico salón Amarillo, que atesoran colecciones de muebles antiguos y de obras artísticas, y ponen de manifiesto el gusto de sus propietarios por conservar tan antigua mansión bajomedieval coherentemente restaurada en estilo neomudéjar.

Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA
Córdoba, 2003