domingo, 14 de mayo de 2017

Rincones de Córdoba con encanto - 008 La Piedra Escrita

La Piedra Escrita / Custodiada por dos leones
Cuando Antonio Gala pasó por aquí en aquel hermoso paseo impresionista fechado en 1965, “Córdoba para vivir”, vio que “una mujer, de claro, llena un botijo en el caño. La pila tiene la panzuda forma de una consola isabelina. Uno se acerca y, cortando el chorro con la mano, pregunta: ‘¿Está fresca?’ Aparentemente la mujer no se enfada porque el agua rozada por la mano le caiga en su botijo. Con sencillez, lo levanta, lo vuelca, lo vacía sobre el hombre y responde: ‘Tu verás si está fresca’. Todos han sonreído”.
En la esquina de Moriscos con Cárcamo, en un enclave de calles que forman el corazón de un barrio menestral, surge la sorpresa de esta fuente barroca. Una piedra rectangular ostenta su partida de nacimiento y perpetúa el recuerdo de los gobernantes de turno: “Reinando la magestad del S. Rey D. Phelipe V y siendo su corregidor en esta ciudad D. Juan de Vera Zúñiga y Faxardo, cavallero de el Orden de Santiago, Intendente General de lo Civil y Militar y Real Hazienda della la de Jaén y sus Reinos se hizo esta obra el que fueron Dip. D. Antonio Dimas de Cárdenas y Guzmán cavallero de la misma Orden y D. Antonio Toboso de los Ríos y Castillejo Veinticuatros. Año de 1721”.
El pueblo llano, que no entra en tanto pormenor histórico, la llama sencillamente la fuente “de la Piedra Escrita”, que sin duda es una de las más bellas de Córdoba, cuyo escudo campea sobre la inscripción. Inscripción y escudo quedan arropados por un geométrico diseño barroco, pintado en dos tonalidades de ocre: claro para los fondos y algo más oscuro para las placas. Ya el cronista Ricardo de Montis consideraba esta fuente “obra de muy buen gusto”, lo que no ha disminuido al presente.
A una consola isabelina compara Gala el pilón de la fuente, de negra piedra, pues su diseño barroco le proporciona delicadas curvas y redondeces. A ambos lados del pilón, dos leoncillos de ensortijadas melenas labrados en mármol blanco –original el de la izquierda, esmerada reproducción el de la derecha–, sostienen en sus bocas sendos caños de hierro por los que mana perennemente el agua cantarina. Sumergidos en el agua del pilón se aprecian bajo los caños fustes de rojizo mármol que sirvieron de soporte a los cántaros cuando las hacendosas mujeres de este barrio profundo aquí se abastecían de agua para el consumo doméstico.
Hoy la fuente, como todas, es un lujo del paisaje urbano, y todo lo más sirve para que un jubilado calme la sed o una mujer de los contornos extienda las manos bajo los chorros para gozar la caricia del agua fresca. Cruzan indiferentes ante su música acuática las gentes del barrio que, si es por la mañana, van o vienen de la compra, arrastrando parsimoniosamente los carritos, y muchas se detienen en mitad de la calle con la vecina para preguntar por la salud de un familiar o quejarse del calor, que los jubilados combaten en la fresca penumbra de las tabernas cercanas. Así que hasta los autos que bajan por Moriscos se adaptan a este ritmo acompasado y refrenan sus prisas, antes de hundirse en las Costanillas o girar por la calle Cárcamo. Equidistante entre las iglesias de Santa Marina y San Agustín, este enclave de calles es como el corazón de un pueblo, que la fuente ameniza con su barroca escenografía y su perenne música acuática.
Pero el encanto del lugar no lo proporciona sólo la fuente, sino el entorno urbano de las calles que aquí confluyen, con topónimos de rancio aroma popular, como Moriscos, que baja desde Santa Marina; Cárcamo, que sale a respirar por el jardín del Santo Cristo; Costanillas, que se adentra hasta el Jardín de los Poetas, en el Marrubial; u Obispo López Criado, eje comercial del barrio de San Agustín, calle a la que los vecinos siguen llamando Dormitorio, por asomarse a ella los del convento dominico.
A uno y otro lado de Dormitorio surgen calles antiguas que invitan a adentrarse en la profundidad de un barrio menestral; así, si el viajero avanza con dirección a San Agustín salen al paso por la izquierda las calles Simancas, Mellados y Humosa, paralelas y confluyentes en la recuperada plaza del Huerto Hundido, tan asociada a su cruz de mayo, mientras que por la derecha Ángel María Barcia adentra en un dédalo de calles quebradas totalmente inéditas para muchos cordobeses. Prescindiendo de los autos y de las antenas de televisión, un paseo sosegado por ellas traslada a la Córdoba antigua e intemporal, que tanto contrasta con la ciudad moderna, tan parecida a otras de este tiempo.
Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA

Córdoba, 2003


























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