domingo, 17 de septiembre de 2017

Rincones de Córdoba con encanto - 26 Plaza de las Tendillas

Plaza de las Tendillas / El salón de la ciudad
La plaza de las Tendillas, corazón provinciano del centro comercial, merece figurar en los espacios con encanto desde que su reciente reforma la transformó en peatonal, convirtiéndose así en el salón principal de la ciudad. Contar su historia y significado requiere un libro, así que estas letras no pasarán de somera semblanza. Hay que empezar diciendo que la plaza actual surgió en el cuatrienio 1924-1928 por iniciativa del alcalde José Cruz Conde, tras la demolición del entrañable hotel Suizo –así bautizado por ser de aquella nacionalidad sus constructores en 1870, los hermanos Puzzini–, que era “una de las mejores (fondas) de España”, a juicio de don Teodomiro Ramírez de Arellano.
Quedó así despejado el espacio rectangular sobre el que se irían desplegando edificios representativos de la arquitectura señorial de los años veinte. Así, en 1926 surgen, entre Gondomar y la naciente Cruz Conde, las casas de Marín Fernández, obra de Enrique Tienda, y de Casana Diéguez, firmada por Félix Hernández; en 1927 los dos edificios de la vertiente septentrional, La Unión y el Fénix, de Benjamín Gutiérrez, y Telefónica, de Ramón Aníbal Álvarez; y a 1928 corresponden los del lado sur: la casa de los condes de Colomera, igualmente de Félix Hernández, y la de Enríquez Barrios, proyectada por Aníbal González, tan ligado a la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Para el catedrático de Historia del Arte Alberto Villar estos edificios constituyen “el mejor muestrario posible de arquitectura historicista” , y reafirman “el poder visual” de la ciudad moderna.
Testigo impasible de toda aquella renovación arquitectónica fue el edificio del viejo Instituto Provincial de Segunda Enseñanza –creado en 1847 a partir del prestigioso Colegio de la Asunción, que fundara en 1574 el médico de reyes Pedro López de Alba–, cuya noble fachada fue proyectada en 1868 por el arquitecto Pedro Nolasco Menéndez.
Pero la plaza no sería lo que es sin su icono más característico, la estatua ecuestre del militar montillano Gonzalo Fernández de Córdoba, alias El Gran Capitán, el señor de las Tendillas, trasladado aquí en 1927 desde su primitivo emplazamiento en la avenida del mismo nombre. Esta obra proporcionó a su autor, Mateo Inurria, la medalla de honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1920, lo que sin duda le compensó de las dificultades que encontró para cobrar su trabajo, encargado en 1908. Dicen los cordobeses que la cabeza corresponde al torero Lagartijo, pero no es cierto;no hay más que compararla con la verdadera cabeza del torero esculpida por Inurria que conserva el Museo de Bellas Artes. “Lo mejor en la excelente estatua ecuestre del Gran Capitán es que el caballo es de verdad”, elogió Gaya Nuño. Tanto protagonismo alcanza el equino que el lenguaje popular designa a las Tendillas “plaza del Caballo”.
Otro rasgo distintivo de la plaza es su reloj flamenco, inaugurado en enero de 1961, cuya sonería sustituye las habituales campanadas por rasgueos de soleares grabados por el guitarrista Juanito Serrano.
La reforma despojó al Gran Capitán de su envolvente estanque ajardinado, para reemplazarlo por una negra fuente con severidad de mausoleo. Escoltando por delante y por detrás a la estatua ecuestre brotan del suelo dos grupos de copiosos surtidores, dieciséis cada uno, que en verano constituyen una irresistible atracción acuática para los niños y una tentación para los mayores. Jalonan los costados de la plaza una decena de jardincillos con naranjos y flores del tiempo, cuyo suntuario perímetro de granito pulimentado incorpora sólidos bancos, siempre concurridos.
Desde la expulsión de los automóviles fluye la vida y la gente toma la plaza como si fuera un gran salón de estar. Su ambiente cambia según las horas: se despierta temprano con las furgonetas de reparto, el primer café de los oficinistas y los quioscos ofertando la prensa con olor a tinta fresca; enseguida la invade una oleadas de escolares y estudiantes camino de la Milagrosa o el Góngora; a medida que avanza la mañana jubilados y turistas van ocupando los bancos, y su sedentarismo contrasta con la prisa de los ejecutivos y la diligencia de las mujeres que van de compras; la hora del aperitivo puebla las terrazas de los bares y contempla la salida de los colegios; y la tarde abre un paréntesis de sosiego que desemboca en el retorno de la animación vespertina, prolongada hasta caer la noche. Una plaza viva. Las palomas se posan en los hombros de don Gonzalo para darle un simbólico abrazo de paz.
Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA

Córdoba, 2003



























domingo, 10 de septiembre de 2017

Rincones de Córdoba con encanto - 25 Plaza de Capuchinas

Plaza de Capuchinas / La bendición de Osio
En pleno centro de Córdoba, la plaza de Capuchinas es una isla de espiritualidad: presidida por la estatua del obispo Osio, la cierra por el fondo la fachada de la iglesia conventual de San Rafael, de Clarisas Franciscanas, mientras que a la derecha se extiende la casa y capilla de las Hermanas de la Cruz. Una espiritualidad perturbada por el constante tráfico que, ajeno a este sosiego, sube continuamente por Alfonso XIII.
El conjunto que forman monumento y jardín se dispone con cierto sentido escenográfico: arropada por un seto de tuyas se extiende una plataforma elevada, pavimentada con cantos rodados que dibujan hojas y volutas, en cuyo centro se alza el pedestal con la majestuosa estatua. Los cuatro bancos de piedra que circundan la plataforma invitan a tomar asiento para desgranar los encantos que acumula tan sugerente rincón.
El primero, el monumento al preclaro obispo Osio, inaugurado con toda pompa en abril de 1926 para conmemorar el centenario del Concilio de Nicea (325), como reza una inscripción al reverso del pedestal: “A Osio obispo - confesor de Cristo en el tormento - consejero de Constantino ‘el Grande’ - en el XVI centenario del Concilio de Nicea que presidió dedica este monumento por iniciativa de su prelado el pueblo de Córdoba - XXXI. XII. MCMXXV”.
Una soberbia araucaria, a modo de solio protector, arropa la estatua, esculpida por Lorenzo Coullaut Valera. Decoran el pedestal tres relieves en bronce que plasman episodios de su vida: Osio confesor del emperador Constantino, Osio en el tormento y Expulsión de Arrio, que puso en duda la divinidad de Jesucristo. Se alza el monumento sobre una pequeña meseta con pavimento enchinado, amenizada por un pequeño jardín con naranjos y acacias.
Como telón de fondo se alza la austera fachada de ladrillo de la iglesia conventual de San Rafael, cuya artística portada barroca ostenta el escudo del obispo Marcelino Siuri, constructor del templo a partir de 1725, y, coronándola, la efigie del Arcángel, titular de la iglesia, en una hornacina. Madreselvas y buganvillas trepadoras escalan el muro. Un goteo de devotos entra y sale del recoleto templo conventual, en cuyo interior sorprende el retablo barroco de oscura madera sin dorar –recuerda al de la cercana iglesia parroquial de la Compañía– labrado en el taller de Teodosio Sánchez de Rueda, en el que destacan las gruesas columnas salomónicas y el gran manifestador central.
En la vertiente de la plaza que forma ángulo con la iglesia de las Capuchinas se extienden la capilla y la residencia de las Hermanas de la Cruz, establecidas en 1950 en la casa cedida por Antonio Martínez y María Crestar, matrimonio que murió sin descendencia. El edificio fue acondicionado por el ganadero sevillano Salvador Guardiola, en recuerdo de un hijo, como perpetúa la inscripción existente en la recoleta capilla: “Joaquín Guardiola Domínguez Fantoni y Pérez de Vargas, murió heroicamente al defender la vida de su padre el día 9 de julio de 1946 a los diecisiete años de edad, dejándonos ejemplo de resignación cristiana y conformidad heroica con la voluntad de Dios”.
Desde un testero del presbiterio sonríe beatíficamente Santa Ángela de la Cruz, monja sevillana que en 1875 fundó esta orden religiosa, entregada al cuidado de enfermos necesitados. La capilla, obra neobarroca del arquitecto Daniel Sánchez Puch, se asoma al exterior a través de una portadita enmarcada por arco de medio punto cerrado por verja, sobre el que campea una modesta espadaña, que llama a misa cada mañana. La combinación en la fachada del blanco y el ocre insinúa un gusto sevillano.
En el zaguán de la casa un cepillo solicita la limosna para los pobres y enfermos bajo esta bella invitación: “¡Ricos de la tierra / mirad al cielo!”. En su interior conserva la casa un blanco y recoleto patio en el que se abren ocho arcos, dos en cada lado.
El contacto con oasis de paz y recogimiento como los que aquí se concentran es sin duda un buen bálsamo protector contra los estragos que la vida moderna causa en el espíritu.
Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA

Córdoba, 2003

















domingo, 3 de septiembre de 2017

Rincones de Córdoba con encanto - 24 Plaza de San Miguel

Plaza de San Miguel / Exenta joya medieval
En pleno centro comercial conserva Córdoba la joya medieval de su parroquia de San Miguel, exenta en un enclave de calles secundarias –San Álvaro, Barqueros, San Zoilo y Góngora– que con las plazas adyacentes facilitan al viajero la contemplación desde diversos ángulos. La primera mirada debe dirigirse a la fachada, cuya disposición marca ya al exterior la estructura interna del templo, de tres naves, en la que sobresale el rosetón central, que, según han descifrado los especialistas, “se compone de dos estrellas circunscritas de las que parten columnillas con arcos apuntados entrecruzados”.
Merece la pena recorrer con atención el perímetro de tan hermoso templo gótico-mudéjar, erigido entre el último tercio del siglo XIII y el primer cuarto del XV. En el lado de la epístola observará el viajero un curioso arco de herradura apuntado, con dovelas decoradas con atauriques, que parece la puerta de una mezquita; se trata de una obra mudéjar de la segunda mitad del siglo XIV. Junto a la puerta sobresale al exterior la antigua capilla funeraria de los Vargas, otro interesante testimonio de arquitectura mudéjar, adaptada más tarde como baptisterio. En la pequeña explanada los veladores de los bares exhiben sus anuncios de bebidas refrescantes, impropios de un rincón monumental.
Sobre la fachada de la taberna San Miguel, creada en 1880 por Rafael Rodríguez Calzones, un mural de azulejos informa al viajero que “en esta casa se fundó el Club Guerrita el 18 de julio de 1896”. Aunque sólo permaneció allí tres meses, la habitación fundacional, situada en la planta alta, ostenta el rótulo “Salón de El Guerra”, y decora las paredes con reproducciones fotográficas color sepia procedentes del álbum familiar del torero. El vino fino se hermana bien con la cocina de tradición casera, regida por Dolores Acedo, apellido de estirpe tabernaria. En la nómina de antiguos clientes figuran gentes del toro –entre ellos Machaquito, Conejito, Cantimplas y Manolete– y artistas como Julio Romero de Torres, que entretenía su ocio tabernario dibujando cabezas de mujer sobre el mármol de los veladores, que el camarero de turno borraba a la mañana siguiente. Desde 1975 lleva la taberna con ejemplar dedicación José López Muñoz, orgulloso de su apodo, El Pisto.
Tras el ábside de la iglesia se abre la calleja peatonal de San Zoilo, cuya estrechez confiere emocionante belleza a los pasos de Semana Santa. La casa número 3 conserva la encantadora portada barroca de la antigua ermita dedicada a San Zoilo, mártir cordobés muerto en el año 300 a manos del gobernador Daciano, que le cortó la cabeza al comprobar que se resistía a morir tras haberle arrancado los riñones. Teodomiro Ramírez de Arellano recoge la tradición de que en el pozo de esta casa “arrojaron los riñones del Santo, y no faltan beatas de las antiguas –añade– que aseguren haberlos visto salir en el cubo al sacar agua, y que, al irlos a recoger, han saltado por sí solos a lo hondo, donde han de permanecer incorruptos”. Conmovedor.
Sobre el dintel de la graciosa portada, un bajorrelieve en mármol muestra el pozo de la leyenda, y a ambos lados sendas cartelas testimonian la fecha de construcción: “Año de 1740”. En el retablo de la capilla antigua de Nuestra Señora de la Concepción, en la Catedral, puede verse una tabla con el martirio de San Zoilo, obra del pintor Miguel Ruiz de Espinosa.
Reanudamos el recorrido por el exterior de la iglesia, en cuyo costado del evangelio se extiende la recoleta plaza de San Miguel, un apartado cuadrilátero peatonal dominado por la rejuvenecida torre barroca de mediados del XVIII. En el centro de la plaza una plataforma empedrada agrupa la farola fernandina de cuatro brazos con poyo octogonal en su base, la fuente neobarroca diseñada por Víctor Escribano –que remodeló este acogedor espacio– y dos palmeras datileras que sobrepasan los tejados. A ambos lados de la plaza, besan las fachadas los naranjos, en alternancia con bancos de hierro fundido, desde los que el viajero puede contemplar la fachada lateral del templo y el sosiego reinante en este espacio con encanto, sólo alterado por los autos que, de vez en cuando, perturban la tranquilidad. La arquitectura del entorno se ha ido renovando, pero modera su altura para no ahogar el templo.
Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA

Córdoba, 2003