domingo, 28 de enero de 2018

Rincones de Córdoba con encanto, 46 Calleja de las Flores

Calleja de las Flores / Alma de postal
En la calle dedicada al arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, un erosionado capitel árabe de avispero, empotrado en la esquina, anuncia el inicio de la Calleja de las Flores, un rincón típico privilegiado por la perspectiva que brinda de la torre catedralicia, cautiva entre sus tejados; tan típico, que va degenerando en tópico, pues atrae los pasos de cuantos turistas pasan por Córdoba y, consecuentemente, al amparo de tan constante peregrinaje, han ido instalándose también las tiendas de souvenirs, cuyos tenderetes de colorines tapizan hoy los muros y van desplazando, ay, las floridas macetas que dieron nombre y fama al lugar. Aun así, mantiene aún el encanto suficiente como para figurar en esta selección de enclaves seductores. Como testimonio de mejores tiempos, aún se conserva incólume la casa número 2, con sus balcones y fachada poblados de macetas.
La recoleta plaza que se abre al fondo de la calleja es como un patio vecinal concurrido a todas horas por turistas. Se engalana con una fuente intimista que, según testimonio de los vecinos, fue construida hace medio siglo por Rafael Bernier, sensible artista que habitó en la plaza. Tiene un pilón octogonal con poyo de ladrillo, providencial asiento para los turistas cansados, como octogonal también es el blanco pilarillo central, del que surgen cuatro modestos caños que al caer sobre el agua limpia producen un refrescante murmullo. Invita el agua a mojar las manos, como una ablución laica bajo el aroma envolvente del jazmín y la celinda trepadores por las cercanas paredes. Sobre el pilar se eleva un robusto fuste de granito, y encima, un maltrecho capitel corintio de época adriana sirve de pedestal a la proporcionada cruz de artístico hierro que lo remata. No es el único; en la esquina que forma la casa número 4, junto al retorcido tronco de un viejo jazmín, se engasta otro antiguo capitel romano.
Busca la fuente la sombra protectora del limonero que crece en un ángulo, y una de sus ramas besa la cruz. Un turista oriental se encarama sobre el poyo para tocar las hojas y comprobar que son de verdad; de paso, arranca una para guardarla como recuerdo. “Hoja del limonero de la plaza de las Flores, Córdoba”. Hay un flujo incesante de turistas que quieren atrapar todo este encanto con sus voraces cámaras de fotos y de video para luego alimentar los recuerdos. Las campanadas de la cercana torre se escuchan aquí con un eco intimista, y merece la pena esperar hasta que suenan.
Calleja y plazuela existen desde tiempo inmemorial, y constituyen un claro ejemplo del intrincado urbanismo hispanomusulmán. Pero su aspecto actual responde a la reforma llevada a cabo a principio de los años cincuenta por el alcalde Alfonso Cruz Conde, que con la colaboración del arquitecto municipal Víctor Escribano transformó un vulgar rincón en un paisaje urbano de postal: sustituyó el pavimento por empedrado de morrillo y losas de granito; tendió un par de arquitos entre las fachadas, que enriquecieron la perspectiva; y encaló los muros, que pobló de macetas. Así que lo que en un principio debió parecer un decorado quinteropemaniano, los años y el cuidado acabaron otorgándole naturalidad. Por cierto, que entre las vecinas del entorno que más se distinguieron en el mimo y cuidado del lugar aún se recuerda a Araceli Blanco, que estuvo veinte años regando las macetas.
Casi contemporáneo de la reforma es el taller Meryan, de cueros artísticos, que el recordado pintor Ángel López-Obrero y su esposa Mercedes Miarons instalaron en la calleja en el año 1955, que lleva medio siglo recuperando y acreditando el arte del cuero, de tanta raigambre en la antigua Córdoba arábigo-mudéjar.

Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA

Córdoba, 2003












domingo, 21 de enero de 2018

Rincones de Córdoba con encanto, 45 Plaza del Cardenal Salazar

Plaza del Cardenal Salazar / Turistas y estudiantes
Turistas y estudiantes conviven en la plaza del Cardenal Salazar, espacio encajonado entre dos edificios barrocos: el antiguo hospital homónimo, hoy facultad de Filosofía y Letras, y la iglesia conventual de San Pedro de Alcántara. Lo que más embellece a esta plaza es su peatonalidad, pues hace años que ganó la batalla a los automóviles, y eso la convierte en un grato espacio donde el viajero puede recrearse a placer en la contemplación de la arquitectura y de la vida.
Bajo las reverenciosas copas de las viejas acacias, disciplinados grupos de turistas, atentos a las explicaciones de los guías, se cruzan con el permanente flujo de estudiantes, mientras desde un ángulo de la plaza el busto del célebre oculista Mohamed al-Gafequi, asentado sobre su sencillo pedestal, contempla impasible el discurrir de la vida cotidiana. A un costado del busto se alza la fachada de la iglesia de San Pedro de Alcántara, de finales del siglo XVII, que se muestra a la vista prisionera entre el blanco muro del antiguo convento alcantarino y la vieja acacia, lo que agiganta su presencia. Verticalmente escalan la fachada, rematada en hastial, bandas apilastradas, mientras que sobre la puerta de medio punto una hornacina cobija la imagen del titular. En la fachada del lado de la epístola, que mira al hospital, se abre una puerta adintelada coronada por una hornacina huérfana. Pintadas coyunturales en los despejados muros que conforman el rincón restan belleza al lugar, como nota desafinada en una armoniosa partitura.
Este cardenal Salazar que da nombre a la plaza, a la calleja y al antiguo hospital fue Pedro de Salazar y Gutiérrez de Toledo, nacido en Málaga en 1630, que estudió en Salamanca, se hizo fraile mercedario y destacó como predicador –“quien se quiera salvar, venga a oír a Salazar”, solía decir la gente– hasta el punto que Inocencio XI lo elevó a cardenal en 1686, el mismo año en que fue nombrado obispo de Córdoba, donde vivió hasta su muerte en 1706, lo que le impidió ver terminado el hospital por él promovido y proyectado por el arquitecto lucentino Francisco Hurtado Izquierdo, que sería inaugurado en 1724.
En la armoniosa fachada que recorre todo el costado de la plaza destaca la portada de mármol gris, coronada por el escudo del fundador. Se debe cruzar el zaguán –obsérvese el gastado empedrado que repite en el pavimento el escudo del cardenal y el colosal farol de pura artesanía– para asomarse al patio principal, con sus paramentos de ladrillo visto, que recuerdan en su disposición a la fachada. Al centro tiene una sencilla fuente octogonal, y en los ángulos verdean los parterres.
En uno de los ángulos crece, sobrepasando los tejados, un colosal magnolio plantado por el recordado doctor Enrique Luque, que llevó a cabo en los lóbregos quirófanos gran parte de las 50.000 intervenciones quirúrgicas de su fecunda carrera profesional. Fue él quien, siendo director del centro, pidió en 1963 a la Diputación Provincial, por favor, un nuevo hospital, que se hizo realidad seis años más tarde; así que en 1969 el viejo hospital del Cardenal, también llamado de Agudos, cerró sus puertas y, tras su benefactora remodelación, albergó en 1971 el Colegio Universitario, germen de la futura Universidad de Córdoba, que tras su creación en 1974 instaló en el caserón la facultad de Filosofía y Letras.
Con el cambio de uso –la cultura reemplazó al dolor– el barrio perdió su tristeza ancestral, recuperó la sonrisa y atrajo a los turistas con su creciente oferta gastronómica. El profesor Feliciano Delgado, que habitó muchos años en la cercana calle Deanes, me lo confesó un día: “Con el hospital el barrio era de lo más triste; aquí no se veían más que lágrimas, sobre todo los jueves, que era el día de visita”. Y Pepe el de la Judería escuchaba desde su taberna las doloridas quejas de los enfermos.
El blanco de cal que suele revestir la arquitectura de la Judería se toma aquí una pausa para dar paso a diversas tonalidades de ocre. Y la calle Romero cruza tangencial por un costado de la plaza, mientras que, en el extremo opuesto, la angosta calleja de su mismo nombre, Cardenal Sarzar, engarza con la quebrada calle de Averroes.

Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA

Córdoba, 2003










domingo, 14 de enero de 2018

Rincones de Córdoba con encanto - 44 Calleja de la Hoguera

Calleja de la Hoguera / La blanca seducción
El poeta Ricardo Molina escribió de la Hoguera, hace más de cuarenta años, que “esta plazuela con sabor a viejo patio es uno de los lugares más íntimos y secretos de la ciudad”. Y así sigue por fortuna, incólume y reservada, sin darse a quien no sepa descubrirla y apreciarla.
Este blanco vericueto, que sorprende a la vera de la calle Céspedes, muy cerquita de la Catedral, es calleja y es plaza al mismo tiempo. Veamos. Comienza siendo calle, que recibe al viajero con un abrazo blanco, pero a los pocos metros, en medio de la calle surge un arco edificado, sobre el que, a la altura de los tejados, despunta el pequeño alminar de una mezquita reciente, un prisma con arquitos de herradura abiertos en sus lados y una cúpula semiesférica rematada por cinco bolas de tamaño decreciente. ¿Estamos en Córdoba o acaso en un barrio de Fez? Sencillamente es la herencia del urbanismo musulmán. Dicen los arquitectos que estos entramados de callejuelas conocidos como azucaques servían de acceso al interior de las manzanas.
Sigamos. El arco acoge al viajero en un breve abrazo de intimidad y penumbra, cubierto con artesonado de madera, como el zaguán de una casa, que dura cinco pasos, y enseguida otro arco devuelve a la angosta calle abierta al cielo, que recobra la cegadora claridad de la cal. Aquí es donde surge, a la izquierda, una portadita con moldurado arco de herradura, y junto a ella un rótulo –“Mezquita de los Andaluces / Universidad Islámica Internacional Averroes de al-Andalus”– escrito en árabe y en castellano. ¿Estamos en Córdoba o acaso en un barrio de Fez? La herencia o la añoranza árabes palpitan en algunos resquicios urbanos.
Enseguida se repite el abrazo de otro tramo cubierto, que ahora abre y cierra mediante arcos rebajados, entre los que se proyecta una blanca bóveda de arista. Las casas de la izquierda se asoman tímidamente a la calleja a través de ventanitas protegidas por rejas y celosías, mientras que las de la acera derecha, más abiertas, invaden el angosto espacio con altas ventanas salientes. Un breve porche con vigas, soportado por una erosionada columna revestida de ocre, adentra al viajero en una placita de no más de cuarenta metros cuadrados, que parece el patinillo de una casa particular, hasta el punto de que algunos turistas dudan entre pedir permiso para entrar o volverse, temerosos de haber allanado una propiedad privada. Pero la entrada es libre.
Dos viejos naranjos, que inclinan reverenciosamente sus ramas, sombrean el patinillo, empedrado y con un perímetro de losas de granito. A un lado se repite otra puerta con arquito de herradura, y al otro surgen dos ventanas salientes sobre un zócalo amarillento. No es nada extraño confundir este recoleto espacio con un patio particular, pues en su origen pudo serlo de la casa interpuesta entre dos calles angostas, la de Quero por el lado de Céspedes y la de la Hoguera por el de Deanes. Antes de volver la esquina conviene mirar atrás para contemplar el juego sugerente de luces y perspectivas que regala la calleja.
A la izquierda del patinillo se abre el blanco túnel que desemboca en la primitiva placita de la Hoguera, ahora rebautizada con el nombre del pintor Miguel del Moral –el desproporcionado tamaño del rótulo heriría su sensibilidad–, quien desde 1962 hasta su sentida muerte, en 1998, tuvo su privilegiado estudio en la casita que hace esquina, que se asoma a ambos lados a través de una galería cubierta. “Lo más sugestivo de estas callejas es el misterio; por ellas me figuro a don Luis de Góngora cuando el barrio de la Catedral era puro silencio”, me confesó el artista una lejana mañana de primavera. “Soy de D. Lvis de Góngora” dice en una columna prendida en la esquina.
Allí sigue la casa como una reliquia sin latido, añorando la presencia de aquel pintor de sensibilidad renacentista que cuando se acercaba la hora del ángelus llamaba a su amigo el poeta Pablo García Baena para que escuchase por teléfono las campanas de la Catedral, que aquí resuenan con vibrante sonoridad. ¡Qué buena sede para la Fundación Cántico!
Por fortuna, suele pasar de largo el tropel de turistas, lo que preserva la intimidad de la calleja, y contrasta con el abigarrado zoco en que se ha convertido la cercana calle Deanes.

Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA

Córdoba, 2003