Calleja de las Flores / Alma de postal
En la calle
dedicada al arquitecto Ricardo
Velázquez Bosco, un erosionado capitel árabe de avispero, empotrado
en la esquina, anuncia el inicio de la Calleja de las
Flores, un rincón típico privilegiado por la perspectiva que brinda
de la torre catedralicia, cautiva entre sus tejados; tan típico, que va
degenerando en tópico, pues atrae los pasos de cuantos turistas pasan por
Córdoba y, consecuentemente, al amparo de tan constante peregrinaje, han ido
instalándose también las tiendas de souvenirs, cuyos tenderetes de colorines
tapizan hoy los muros y van desplazando, ay, las floridas macetas que dieron
nombre y fama al lugar. Aun así, mantiene aún el encanto suficiente como para
figurar en esta selección de enclaves seductores. Como testimonio de mejores
tiempos, aún se conserva incólume la casa número 2, con sus balcones y fachada
poblados de macetas.
La recoleta
plaza que se abre al fondo de la calleja es como un patio vecinal concurrido a
todas horas por turistas. Se engalana con una fuente intimista que, según
testimonio de los vecinos, fue construida hace medio siglo por Rafael Bernier,
sensible artista que habitó en la plaza. Tiene un pilón octogonal con poyo de
ladrillo, providencial asiento para los turistas cansados, como octogonal
también es el blanco pilarillo central, del que surgen cuatro modestos caños
que al caer sobre el agua limpia producen un refrescante murmullo. Invita el
agua a mojar las manos, como una ablución laica bajo el aroma envolvente del
jazmín y la celinda trepadores por las cercanas paredes. Sobre el pilar se
eleva un robusto fuste de granito, y encima, un maltrecho capitel corintio de
época adriana sirve de pedestal a la proporcionada cruz de artístico hierro que
lo remata. No es el único; en la esquina que forma la casa número 4, junto al
retorcido tronco de un viejo jazmín, se engasta otro antiguo capitel romano.
Busca la
fuente la sombra protectora del limonero que crece en un ángulo, y una de sus
ramas besa la cruz. Un turista oriental se encarama sobre el poyo para tocar
las hojas y comprobar que son de verdad; de paso, arranca una para guardarla
como recuerdo. “Hoja del limonero de la plaza de las Flores, Córdoba”. Hay un
flujo incesante de turistas que quieren atrapar todo este encanto con sus
voraces cámaras de fotos y de video para luego alimentar los recuerdos. Las
campanadas de la cercana torre se escuchan aquí con un eco intimista, y merece
la pena esperar hasta que suenan.
Calleja y
plazuela existen desde tiempo inmemorial, y constituyen un claro ejemplo del
intrincado urbanismo hispanomusulmán. Pero su aspecto actual responde a la
reforma llevada a cabo a principio de los años cincuenta por el alcalde Alfonso Cruz Conde,
que con la colaboración del arquitecto municipal Víctor Escribano
transformó un vulgar rincón en un paisaje urbano de postal: sustituyó el
pavimento por empedrado de morrillo y losas de granito; tendió un par de
arquitos entre las fachadas, que enriquecieron la perspectiva; y encaló los
muros, que pobló de macetas. Así que lo que en un principio debió parecer un
decorado quinteropemaniano, los años y el cuidado acabaron otorgándole
naturalidad. Por cierto, que entre las vecinas del entorno que más se
distinguieron en el mimo y cuidado del lugar aún se recuerda a Araceli Blanco,
que estuvo veinte años regando las macetas.
Casi
contemporáneo de la reforma es el taller Meryan, de cueros artísticos, que el
recordado pintor Ángel López-Obrero
y su esposa Mercedes Miarons instalaron en la calleja en el año 1955, que lleva medio siglo recuperando y
acreditando el arte del cuero, de tanta raigambre en la antigua Córdoba arábigo-mudéjar.
Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA
Córdoba, 2003
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