Plaza de Benavente / La antesala de la Catedral
Para los
turistas que desde las Tendillas
bajan presurosos por la calle Blanco
Belmonte al encuentro de la Mezquita, la antigua plaza de Benavente
–ahora dedicada a la Agrupación de Cofradías– es un recibidor que regala, como
anticipo, la esbelta silueta de la torre catedralicia. Emerge radiante su
cuerpo de campanas entre dos preciosos miradores pertenecientes a las casas que
inauguran la angosta calle dedicada al pintor renacentista Pablo de Céspedes,
y aunque soportan tan dura competencia visual, proclaman la pervivencia de la
arquitectura hispanomusulmana, que utilizaba estas torres con vanos de medio
punto y tejados a cuatro aguas para “proteger del calor y de la lluvia las
zonas nobles de la casa”, como advierte el arquitecto Carlos Luca de Tena.
Por la derecha, la calle dedicada a Conde y Luque –ilustre abogado y rector
universitario– se dirige al encuentro de la Judería trazando una suave curva.
Un grueso fuste con capitel de pencas, embadurnados de ocre, subrayan la
esquina.
Aún guarda
la placita, suspiro triangular de la antigua calle Pedregosa, hoy Blanco
Belmonte, el eco de los pasos de pintores tan recordados como Ángel López-Obrero,
que habitó en la aledaña casa número 15; desde su estudio del ático podía
tutear a la torre catedralicia. Parece que fue ayer cuando el maestro me
confesaba que veía esta plaza “más alegre y viva que nunca, pero,
desgraciadamente, llena de coches”, imagen bien distinta a la que recordaba de
su niñez, en que era “silenciosa, con poca gente y muchos curas, porque como
está próxima a la Catedral, los deanes y los canónigos vivían cerca y estaban
continuamente pasando”.
La presencia
constante de turistas y estudiantes transforman hoy aquel paisaje humano. Así,
en los días apacibles y soleados los turistas pueblan los veladores de los
bares adyacentes, tomándose un breve respiro tras la agotadora contemplación de
la antigua Mezquita; unos reponen
fuerzas con un tentempié y consultan los planos para orientarse en este
laberinto, mientras que otros prefieren inmolar su pálida piel al abrazo
codicioso del sol.
Un constante
ajetreo de estudiantes registran la Escuela
Superior de Arte Dramático y el Conservatorio Profesional de Danza "Luis del Río",
dos en uno, instaladas en una antigua casa señorial rescatada del olvido y el
abandono; como herencia de un pasado que ha sobrevivido a la remodelación,
guarda un mosaico romano y la mitad de un recoleto patio claustrado de época
barroca. Tras los muros de las casas que cierran tan bella escenografía se
intuye el trabajo tenaz y callado de artesanos, artistas, comerciantes; gentes
sin cuyo aliento este enclave sería como un decorado inerte. En la casa número
2 Ramón García Romero alumbra con paciencia sus deslumbradores guadamecíes,
sugerentes miniaturas de polícromas tonalidades que evocan el antiguo
florecimiento de las artes suntuarias.
Para
sorprender la plaza de Benavente en todo el esplendor de su arquitectura sin
mancillar hay que verla en la dorada tarde del Corpus Christi, en que la
autoridad municipal la libera de autos para permitir el paso de la custodia de Arfe
y su cortejo, mientras en la docena de naranjos que festonean las aceras
maduran sus frutos tras el parto floral del azahar.
Recientemente,
el Ayuntamiento ha emprendido obras de remodelación y embellecimiento en tan
hermosa antesala de la Catedral; parece que
quedará liberada de los vehículos que tanto la maltratan y la afean, y
recuperará aquella tranquilidad que echaba de menos el pintor López-Obrero. Si
al mismo tiempo recobrase su tradicional nombre, Benavente, la recuperación
sería completa.
Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA
Córdoba, 2003
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