domingo, 9 de abril de 2017

Rincones de Córdoba con encanto - 003 Plaza de la Flor del Olivo

Plaza de la Flor del Olivo / A la sombra del chimeneón
Aunque sea una plaza moderna, su armonía y la vecindad de añejos monumentos como la torre de la Malmuerta le confieren merecimiento para ser considerado un espacio urbano con encanto. Ya fue un acierto bautizar como plaza de la Flor del Olivo esta explanada rectangular por la que respira el moderno conjunto residencial que en las últimas décadas fue surgiendo sobre el solar de la desaparecida fábrica San Antonio, de la que pervive el viejo chimeneón, vistoso ejemplo de arqueología industrial.
Es la plaza una acogedora isla peatonal entre el río de tráfico que discurre constantemente por la avenida de las Ollerías –qué ingratitud fue despojarla de su dedicación al preclaro obispo Adolfo Pérez Muñoz– y la calle Cronista Salcedo Hierro. La domina el imponente chimeneón de ladrillo rojo que, como un totem industrial, evoca la antigua fábrica San Antonio, símbolo del incipiente desarrollo industrial que hace un siglo propició la cercanía del ferrocarril. Una dorada placa colocada en su base así lo atestigua:“Chimenea de la antigua fábrica de aceites ‘San Antonio’ construida en 1903. Testimonio y recuerdo de la primera expansión industrial de Córdoba”.
Según recoge Rafael Castejón Montijano en su libro sobre La Casa Carbonell de Córdoba, aquella Fábrica de Aceite y Almacenes San Antonio comprendía bodega de aceite –con trujales subterráneos con capacidad para 10.200 arrobas–, fábrica de tonelería, almacén de maderas, almacén de harinas y cereales, molino aceitero y almacenes generales. Para ello la empresa familiar, que había iniciado sus actividades en Córdoba en 1866, adquirió a Manuel García Lovera en 1901 un total de 16.420 metros cuadrados de terrenos, en el precio de ¡11.000 pesetas!, que años más tarde se ampliarían con otros 2.800 comprados a la sociedad Electricidad de Casillas.
Es el chimeneón como una columna de triunfo sin arcángel que vigila o apacienta los ordenados edificios de seis plantas que han ido surgiendo a ambos lados. En las fachadas de tonalidades claras –alternan los blancos con los amarillentos ocres– se abren terrazas y ventanas ávidas de luz, mientras que en algunos áticos verdean las plantas revelando aficiones jardineras. Como en la adyacente avenida de las Ollerías, recorren la planta baja de los edificios, a ambos lados de la plaza, esbeltos soportales, protectores del sol o de la lluvia.
Hija natural de un diseño racionalista trazado con regla y escuadra, el pavimento de la plaza se organiza en cuadrículas grises separadas por franjas amarillentas cuyas intersecciones marcan la exacta posición de los alcorques alineados en cuatro filas; en las dos más cercanas a los edificios crecen olmos de bola, mientras que en las dos filas centrales se suceden un par de olivos, dos palmeras y una decena de naranjos. Entre las hileras de naranjos, al pie de la gran chimenea, se extiende una fuente que se prolonga en estanque y acequia de resonancia musulmana. Consta de un pilar octogonal, y sobre él se eleva una robusta taza cuadrada de la que brota un copioso surtidor, cuyo murmullo intenta sobreponerse al persistente rumor del tráfico. El agua sobrante abandona el pilar por una acequia, que se ensancha luego en estanque rectangular, desciende por un plano inclinado y desemboca en un otro estanque circular. Sustenta el conjunto una estructura de piedra gris, revestida interiormente de blanco mármol y azulejos de color celeste.
La plaza registra un tránsito escaso y sosegado, como si fuera un patio vecinal: la señora con el caniche, la señora con la cesta de la compra, el ciclista esporádico, el jubilado ocioso...;transeúntes sin prisa. Desde la barra del bar El Chimeneón, Ramón Serrano la ve tranquila, “un sitio donde se puede tomar el fresco y pasear, donde la gente está a gusto”. Por cierto, en un rincón de la casa, una placa proclama que “ante el rincón del mirador suele sentarse el cronista oficial don Miguel Salcedo Hierro para contemplar la hermosa calle que le dedicó la ciudad”. Un privilegio.
Con la llegada del buen tiempo, parte de la explanada se poblará de veladores: las familias vigilarán los juegos de los niños y las parejas desgranarán palabras de amor a la luz de la luna.
Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA

Córdoba, 2003












































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