domingo, 8 de abril de 2018

Rincones de Córdoba con encanto, 57 El Portillo y su entorno


El Portillo y su entorno / En busca del alma de Córdoba

Si el viajero baja por la calle de la Feria, marco de antiguas celebraciones, festoneada por el verdor de los naranjos, le sale al paso por la derecha una de las viejas puertas que se abrían en la muralla para permitir el paso de la Ajerquía a la Medina o viceversa; una puerta tan modesta que acuñó como nombre propio el diminutivo de Portillo. Su imperfecto arco de medio punto abierto en el grueso muro de sillería entre viviendas desvencijadas, es hoy “la única entrada que se conserva en el lienzo oriental de la antigua medina (...) abierta en la muralla durante el siglo XIV”, ya en época cristiana, según el profesor Rafael Pinilla.
El Portillo franquea la entrada a un dédalo de calles estrechas y quebradas cuyo trazado irregular evoca los rasgos del urbanismo bajomedieval. Traspasado el arco, la calle asciende en suave rampa, a la que abren sus puertas renovados negocios de gente emprendedora. Al término de la rampa se extiende un rellano rectangular, distribuidor de calles, una por cada punto cardinal, presidido por una casa de buen porte convertida hoy en hostal.
Buscando el norte sube la calle San Eulogio, umbrosa y angosta, como anclada en el tiempo, que tras quebrarse dos veces en ángulo recto –primero a la derecha y enseguida a la izquierda, donde sorprende el saludo de San Rafael desde un nicho avenerado– respira ya por la plaza de Séneca y Ambrosio de Morales.
Al frente arranca la calle más pintoresca de la encrucijada, la antigua de los Mascarones, dedicada hoy al pintor Julio Romero de Torres, igualmente quebrada; enseguida gira a la derecha, respira por un ensanche triangular embellecido por un capitel colgado de la esquina, luego se estrecha para girar a la siniestra y sorprender al viajero con la cascada vegetal de una buganvilla; la línea quebrada que dibuja la calle de nuevo gira a la izquierda y a la derecha para salir al encuentro de la plaza de Jerónimo Páez, cuya diáfana claridad tamizan los cipreses que se clavan en el cielo tras la tapia de la Casa del Judío y las casuarias que se enseñorean del lugar.
Pavimentada con grises losas de granito –¿cuántas pisadas acumularán sus aristas redondeadas por el desgaste?–, su bendita condición peatonal convierte el tránsito en un paseo reposado, donde el oído se complace en el eco de los propios pasos, que subraya el silencio de esta Córdoba anónima y profunda por la que los forasteros pasan de largo porque no viene señalada en los someros itinerarios de las guías turísticas. Y si uno se deja sugestionar por el topónimo de la calle, es posible incluso que al doblar una esquina se encuentre redivivo al mismísimo Julio Romero de Torres envuelto en su capa oscura y acompañado del galgo Pacheco, inseparable como una sombra.
Por fin, con dirección al sur arranca de la encrucijada la calle Cabezas, que merece capítulo aparte por la historia, la leyenda y la arquitectura señorial que engarza en su trazado.
Calles como éstas, inéditas para los turistas, abundan en el casco antiguo, pero se mantienen discretas en su silencio para no atraer los pasos errantes de quienes puedan perturbar su recogimiento, tan valorado por sus afortunados vecinos. En ellas se preserva, como en un cofre, el alma de la ciudad, que no reside en gestos grandilocuentes sino en rasgos sencillos y cotidianos que el espíritu sensible aprehende al percibirlos a través de los sentidos.
Y así, la vista se complace en la arista de sol y sombra que dibuja una esquina encalada; el oído, en la campana de una cercana espadaña conventual; el olfato, en el aroma del nardo que exhala una cancela; el gusto, en la caricia abrasadora del vino en la taberna; el tacto, en el roce emocionado de un capitel romano prendido de una esquina. Y así sucesivamente a cada paso, si el viajero lleva abiertos de par en par los sentidos para impregnarse de cuantas sensaciones flotan alrededor, pues como escribí a propósito de un itinerario sentimental por Córdoba, lo que guarda el viajero de una ciudad no son las fechas que jalonan su historia, las edades de sus monumentos o los nombres de las gentes que la engrandecieron; lo que queda a la larga como imborrable huella son las sensaciones vividas y las impresiones recibidas, fuentes inagotables de emociones personales e intransferibles.

Textos: Francisco Solano Márquez
Diario CÓRDOBA
Córdoba, 2003


























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